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Así pedalea Rigoberto Urán cuando no lo enfoca una cámara

Cuando a David Benítez le perforaron un pulmón en 2012, Rigoberto no lo desamparó. Se conocieron como vecinos a finales del siglo pasado en el barrio la Plazuela de Urrao y se volvieron inseparables en el 2.000, cuando Rigoberto repitió sexto grado en el colegio J. Iván Cadavid y se hicieron cómplices de pilatunas. El chuzón casi agarra el corazón de David y no era momento para que Rigoberto se desentendiera del asunto por más de que estuviera triunfando en carreteras de Europa con el Sky.

Se preocupó, preguntó y animó a la distancia. Por chat, por teléfono, por intermedio del que fuera. Y le tendió una mano al ver que David, o Wicho, como lo apodaron en la época de niños, se quedaría sin trabajo.

–Acompañáme a entrenar en moto–

–Yo te pago bien–

–Hacéle, hermano, mientras te reubicás–

Las palabras de Rigoberto eran totalmente ciertas. En diciembre de 2012, le entregó una moto negra, de placas MLM44b y que años después luciría calcomanías del Omega Pharma. Desde entonces, Rigoberto ganó un escolta, un guardaespaldas y una compañía para los entrenamientos que realiza todos los días. Al año, alcanza 28.000 kilómetros entre competencias y salidas por Antioquia.

Sólo tiene un día de descanso: el domingo.  Consiste en entrenar unos 60 kilómetros y no los 180 que frecuenta en cada jornada. Y junto a él siempre está David, llevándole dos uniformes, un casco, gorras, bufandas, camisetas de algodón, zapatillas, herramientas, inflador, ruedas extra, 10 paquetes de galletas festival, bocadillos, frutas e hidratación en caramañolas. En siete horas de entrenamiento diario (que es en promedio lo que se demora) se presentan contingencias que David resuelve.

David lo ha acompañado a lugares que ya son suficientemente lejanos en vehículo: Jardín, Ciudad Bolívar, Concordia, Salgar, Hispania, Jericó, Caicedo y hasta Manizales. De cualquier manera, la lista es más larga. Él ha visto cómo lo saludan desde camionetas blindadas y también desde aceras con vendedores ocasionales. Recuerda cuando una señora lloró mientras lo abrazaba en un alto de Llano Grande, cuando un joven lo cazó en un entrenamiento y en la primera parada se le arrodilló para felicitarlo por su grandeza sobre la bicicleta.

Lo ha motivado para que Rigoberto pase de los 35 kilómetros por hora en ascensos muy inclinados. Y también lo ha tratado de alcanzar en las bajadas desde Rionegro a Medellín, por las que Rigoberto supera los 93 kilómetros por hora en su bicicleta aerodinámica para contrarrelojes. Rigoberto ha triunfado en Europa, pero jamás ha dejado de entrenarse en la diversa geografía de Antioquia. A veces lo acompañan Mauricio Ardila, Luis Felipe Laverde o Carlos Betancur en bicicleta. Pero David en su moto se volvió imprescindible.

Ya conoce su ritmo, su apetito que satisface en puntos específicos: en restaurantes de San Antonio y Albania, en panaderías como Calichepan, en donde lo abordan para retratarlo y pedirle un abrazo mientras come parva. “Rigo, una foto”, le dicen. Y para todos los lentes posa con espontaneidad.

–Le sonrío, pero usted paga la cuenta, mijo–

Entre multitudes se come una arepa grande con quesito antioqueño, hecho con cuajo y leche de bovino, y más salado y arenoso que el queso. Luego del café y los saludos, continúa pedaleando. Puede bajar por Carrizales, escalar el Tequendamita, subir a La Unión y bajar a La Ceja en dos ocasiones, emprender viaje hasta San Antonio de Pereira, pasar por Llano Grande, el aeropuerto de Rionegro, el hipódromo Los Comuneros de Guarne, subir por Topos, atravesarse por Pantanillo, llegar a La Reina para luego finalizar en su casa.

O puede ir a Urrao, que queda a casi 180 kilómetros de Medellín y cuatro horas y media en carro por una carretera que serpentea un sinnúmero de montañas. La travesía del 13 de febrero de 2015 a su tierra natal no la realizó con David sino con Fader Ardila, que se retiró del ciclismo profesional a finales del 2014. Con él compartió en el equipo Orgullo Paisa y coincidió en Europa cuando integraban diferentes escuadras. Fader nunca olvidará cuando Rigoberto lo llamaba en esos días de invierno europeo a reproducirle guascas y música de Darío Gómez por el teléfono.

La travesía hasta sus raíces

La voz de ese joven que le decía sentirse aburrido en sus primeros días en Europa, ahora es más gruesa y le pide que lo escolte cuando David debe estudiar para la universidad. Así ocurrió ese viernes 13 de febrero, cuando acompañó a Rigoberto junto con Carlos Betancur y Luis Felipe Laverde. A las 8:00 am llegó Fader en su propia moto a las Palmas, donde reside Rigoberto en Colombia.   

–¿Y usted qué, mijo? ¿Vino a hacerme el desayuno?–

Las madrugadas nunca fueron su fortaleza. Pero no se demorará demasiado en salir de su casa sobre el sillín. Comerá algo para aguantar hasta la primera parada y no se bañará para no perder calorías. Bajará desde Palmas, atravesará Medellín y emprenderá una travesía de seis horas y media por unos paisajes de todos los verdes posibles. Durante el transcurso pasará por las quebradas Maní, Sabaletica, Sinfania, La Popala y El Cardal, atravesará Amagá, llegará hasta Bolombolo y cruzará el Río Cauca para luego comenzar a subir por unas montañas con tantos cafetales que parecen el afro de un rapero.

Se encontrará con guaduas, pinos, eucaliptos y árboles de flores blancas, naranjas, amarillas, moradas, violetas, rojas y vinotintas. Verá casas de una planta agarradas de tierras empinadas, esquivará granos de café que los campesinos ponen a secar en las orillas de la vía, agarrará más fuerte el manubrio en los 15 tramos de carretera destapada y polvorienta, parará a comer en una panadería de Concordia y seguirá su rumbo hacia las faldas de Betulia. Se encontrará con señores de mostachos gruesos arriando mulas y muchos costales de café.  

Sólo cinco avisos tímidos desde Medellín le avisarán que está cerca de Urrao y le demostrarán que su tierra está escondida entre cerros y montañas. Se encontrará con 79 ciclistas que, como él, saben que ese recorrido es perfecto para mejorar la resistencia en ascensos. Pasará por La Raya, donde un retén militar suele detener buses y donde hace dos décadas se apostaban paramilitares para silenciar con gatillos.

Cuando llegue al alto del Brechón, entre Betulia y Urrao, recordará la tarde de 2010 en que trató de esquivar a unos niños jugando fútbol en la carretera y terminó de frente contra el barranco. "Platina" y "clavícula", las palabras que escuchó en la clínica. El sopor del rio Cauca desaparecerá del todo y el frío de la cordillera con el sol radiante lo animará a seguir escalando junto con Laverde y Betancur. Su pueblo lo espera antes del anochecer.  

–Esta vuelta se está calentando, parcero–

Los recuerdos aumentarán conforme disminuya la distancia a Urrao. Las curvas dejarán de ser de 180 grados y empezará a acercarse al Valle del Penderisco para ver reses, y cultivos de tomate y granadilla. Pasará por el kilómetro 20, donde aún está enclavado el calvario de su padre: una cruz metálica con la inscripción “Rigoberto Urán. Urrao, 4 de agosto de 2001. Su familia". 

Llegará al kilómetro 17, donde partían los entrenamientos sabatinos en su primera escuela de ciclismo. Volverá a ver la entrada a la vereda Pabón, donde aún vive su abuela paterna y por donde recogía leche en la chiva de su tío Jesús. Verá la planicie del valle que lo vio crecer, el río Penderisco al que acudía cuando se escapaba del colegio y mirará de reojo los mensajes de vallas como “Bienvenidos a Urrao, paraíso escondido” y “De Urrao pa’ el mundo Go Rigo Go!”. 

Llegará a su casa del barrio la Plazuela, estirará el cuerpo después de 1.184 curvas desde Medellín y buscará una arepa con quesito que le devuelva calorías. Al día siguiente tendrá que realizar otros 180 kilómetros. Sólo el sueño puede atravesarse entre sus pedalazos.

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